WONDER WHEEL –La noria de Coney Island–

(USA) Amazon Studios / Gravier / Perdido, 2017. 101 min. Color.

Pr: Letty & Erika Aronson y Edward Walson. Pr Ej: Mark Attanasio y Ronald L. Chez. Ft: Vittorio Storaro. Mt: Alisa Lepselter. DP: Santo Loquasto. Vest: Suzy Benzinger. EE: Mike Myers. Ms: grabaciones de diversos autores. G y Dr: Woody Allen.

Int: Kate Winslet, Juno Temple, Justin Timberlake, James Belushi, Jack Gore, Stephen Schirripa, Tony Sirico, Geneva Carr, Jenna Stern, Max Casella, David Krumholtz.










SINOPSIS:
En Nueva York, a comienzos de los años cincuenta, las vidas de cuatro adultos y un niño se entrelazan en medio del ajetreo y el bullicio del parque de atracciones de Coney Island: la camarera Ginny, su marido Humpty, Mickey, un joven socorrista que trabaja en la playa y que sueña con convertirse en el autor literario de grandes historias, Carolina, una joven descarriada hija de Humpty en un matrimonio anterior que huye de su marido un mafioso empeñado en matarla y el pequeño Richie, hijo pirómano de Ginny, fruto de su primer matrimonio.









Los planes de futuro se desmoronan y las cosas se han puesto mal para todos. Ginny (Kate Winslet), evadiéndose de su trágica realidad y al borde de la enajenación, se pintarrajea y se pone el vestido que conserva de una de sus representaciones teatrales.

COMENTARIO:
El día que nos falte ese alimento vital, la película anual de Woody Allen, cadencia que se viene espaciando en estos últimos años por dificultades de financiación y razones de edad, el que suscribe sentirá un vacío irrellenable, una inconsolable orfandad que podrá ser parcialmente dulcificada acudiendo al nostálgico placer de revisar una y otra vez todas sus películas. Ahora elijo hablar de WONDER WHEEL, un melodrama tan bello en su diseño formal (portentosa función dramática de la iluminación y el color a través de la irisada fotografía de Vittorio Storaro) como inmisericorde en sus premisas: seres perdidos en esa “tierra de nadie”, atrapados en ese desesperante limbo entre sueño y realidad (el parque de atracciones de Coney Island es la perfecta metáfora). Ginny, la protagonista (maravillosa Kate Winslet), es una abrumada mujer al borde del estallido, actriz frustrada, camarera de profesión en una marisquería de la feria, casada con un patán y angustiada vigilante de un hijo de diez años que expresa su descontento quemando el entorno (literalmente). Ella, si la comparamos con la Cecilia de LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO, carece de recursos escapistas. Aquella, menos exigente consigo misma, se refugiaba en una sala de cine para “vivir” las historias de fantoches representantes de un mundo burbujeante y sofisticado que la ayudaban a olvidar su vida miserable. Ginny solo puede acudir a una botella de ginebra escondida en el fregadero.

Allen nos habla de las jugadas del destino, del pago de los errores y en definitiva de la condición trágica de la vida utilizando esta vez como vicario de su discurso a Mickey, un joven con aspiraciones de escritor que trabaja como socorrista en la playa de Coney Island. Es su voz en off en funciones de narrador la que nos pone en situación de seguir a los personajes si bien en un determinado momento acaba siendo engullido por el devenir de estos e integrado como una figura más en esa rueda de acontecimientos ineludibles. Este Mickey (un insuficiente Justin Timberlake) acaba resultando el personaje más antipático por su acomodaticia postura, por su egoísmo y por esa calculada distancia emocional que establece tanto con Ginny como con Carolina, la desvalida hijastra de ésta, a las que utiliza –sin ser consciente de ello– como meros elementos de inspiración, como fuentes de experiencia y aprendizaje para sus futuras construcciones literarias. Ginny ve en él un inesperado clavo ardiendo al que agarrarse, un atisbo de esperanza, un último tranvía al que subirse, y despierta en ella pasiones que creía olvidadas. Pero el autor no le permitirá esa huída. Tampoco a los demás. WONDER WHEEL es una película sombría y desencantada que roza la impiedad en muchos momentos e impide que el espectador se acomode en previsibles mecanismos que le tranquilicen. El pesimismo del octogenario Woody Allen (cuando rodó esta película tenía 82 años) vuelve a sacudirnos y lo hace sin la vaselina del humor, con una película cuya depuración narrativa le sigue manteniendo –en opinión del que suscribe– como uno de los pocos genios en activo.

 HAY QUE MATAR A B.

(Esp-Suiza) El Imán / Luis Megino P.C. / Taurean Films, 1974. 97 min. Color.

Pr: José Luis Borau, Luis Megino e Irving Lerner. G: José Luis Borau y Antonio Drove. Ft: Luis Cuadrado. Mt: Pablo G. del Amo. DA: Federico G. Mas. Vest: Maiki Marín. Ms: José Nieto. Dr: José Luis Borau.

Int: Darren McGavin, Stephane Audran, Patricia Neal, Burgess Meredith, Walter Coy, Luis Prendes, Perla Cristal, Pedro Díez del Corral, José Nieto, Rina Ottolina, Irving Lerner, Cristina Heredia, Vicente Roca, Luis Induni.







SINOPSIS: En un indeterminado  y convulso país sudamericano, un exiliado húngaro se gana la vida como camionero mientras sueña con días mejores. Su escaso contacto con la realidad le lleva a perderlo todo ante un brutal piquete de huelga. En esta dramática tesitura acabará aceptando la propuesta de una oscura organización para eliminar a una alta personalidad política.







Pal Kovac (Darren McGavin) cree haber encontrado una segunda oportunidad en su quebrada vida... ¿y si las segundas oportunidades no existen para él?

COMENTARIO:
 
El insobornable talento de José Luis Borau, su calibrado estilo narrativo que en HAY QUE MATAR A B. procura situar al espectador en “tierra de nadie”, es decir, manteniéndole a una distancia calculada para no implicarle emocionalmente por identificación con los personajes pero sí permitiéndole comprenderlos en su naturaleza, nos llegaba aquí como una aparente aproximación -pero filtrada por el tamiz del autor- a aquel fenecido buen cine “americano” transmisor de ideas, es decir, un concepto de puesta en escena de un clasicismo desnudo y conciso, sin efectismos ni aderezos, con imágenes de elocuente limpieza capaces en este caso de dibujar nítidamente la inexorable trayectoria de ese individuo (un magnífico Darren McGavin) desplazado, iluso e insolidario en su desarraigo y por lo tanto, utilizable y posteriormente desechable. Los personajes que le ro­dean, los que le aman, los que fingen hacerlo, los que le manipulan, el contexto socio-político en el que todos se mueven, forman una sutil tela de araña sobre él como víctima propiciatoria de una maquinación de la que no es consciente por parte de organizaciones paralelas al poder.

Borau supo integrar las diferentes líneas del relato que interconectan lo íntimo e individual con lo social y colectivo, en un desarrollo narrativo de sintética precisión, tomando además la acertada opción de no ubicar de manera concreta el ámbito geopolítico en que se desarrolla la intriga porque eso hubiera limitado el alcance de lo que se nos cuenta, algo que en realidad podría suceder en cualquier parte. Una decisión que en cierto modo puede emparentar esta película -no descarto estar equivocado- con algunos puntos de la interesante QUEIMADA (1969) de Gillo Pontecorvo.

BELLE DE JOUR / BELLA DE DÍA (1967)

(Fr-It) Paris Film/Five Films, 1966. 100 min. Color.

Pr Ej: Robert y Raymond Hakim. Pr: Henri Baum. G: Luis Buñuel y Jean-Claude Carriere, basado en la novela de Joseph Kessel. Ft: Sacha Vierny. Mt: Louisette Taverna. DA: Robert Clavel. Vest: Helène Nourry Ms: no hay. Dr: Luis Buñuel.

Int: Catherine Deneuve, Jean Sorel, Michel Piccoli, Francisco Rabal, Pierre Clementi, Geneviéve Page, Françoise Fabian, Macha Meril, Georges Marchal, Francis Blanche, Marie Latour, François Maistre, Muni, Claude Cerval, Iska Khan, Bernard Fresson.











SINOPSIS:
La esposa aburrida de un reputado cirujano, busca nuevos alicientes a su acomodada pero monótona vida, y casi sin darse cuenta, por curiosidad o por morbo, acabará trabajando por las tardes como pupila de una discreta y especializada casa de citas.










Una prometedora pose de Séverine (Catherine Deneuve) ejerciendo de "Bella de día" en la clandestina casa de citas de Madame Anais (Geneviève Page).

COMENTARIO:
¿Qué se puede añadir a estas alturas al caudal de esos ríos de tinta, ensayos, tratados, estudios, palabras vertidas sobre la figura y la obra de Luis Buñuel que el viento ha llevado y traído, cambiado de lugar y orden? Supongo que muy poco. Pero, en fin, por una cuestión generacional o un simple problema de pereza mental, siempre hay algunos que “acaban de llegar” y a quienes me dirijo principalmente y también porque la revisión hace unas semanas de esta película me sirve ahora de pretexto para volver sobre la obra del calandino.

La fama de Buñuel, su trayectoria y el prestigio adquirido, se han sustentado sobre dos pilares alternativos y complementarios: el escándalo y el reconocimiento. En cronología, ahí tenemos la rompedora UN CHIEN ANDALOU (1929) y el escandaloso estreno parisino de L’ÂGE D’OR (1930) que probaba la capacidad revulsiva del primer surrealista del cine; el premio en Cannes a la virulenta crudeza de LOS OLVIDADOS (1951) con el que Buñuel “entraba” por fin en Europa; el numerazo montado en Cannes por el premio otorgado a VIRIDIANA (1961); y el Leon de Oro de Venecia para BELLA DE DÍA (1967). Ahora, al fin, el maestro aragonés ya estaba canonizado y finalmente su cine ya era alabado y babeado hasta por los más furibundos atacantes de antaño.

La que ahora nos ocupa, BELLA DE DÍA, es una mordaz visión de las fantasías sadomasoquistas y obsesiones de una mujer aparentemente frígida, mimada y amada por un esposo consentidor que la trata como a una virgen y a la que -adivinamos- no satisface sexualmente. Ella se mueve instalada en una confortable vida ociosa y sin responsabilidades... hasta que un día, por curiosidad, descubre el discreto mundo de la prostitución diurna y esa curiosidad y el aburrimiento la empujan a experimentar en un ámbito desconocido para ella, pero oscuramente deseado donde todo adquiere una dimensión, una representación, transgresoras. Así, tras el visionado de esta película, sin duda también nosotros habremos descubierto los aspectos ocultos que puede tener una escalera, una calle, una mujer de aspecto refinado. Porque para nuestros acomodaticios ojos las imágenes con las que nos encontramos en el cotidiano devenir pueden no tener significado y sólo una película -esta película- posee la capacidad de traspasar la anodina apariencia sin significado y mostrar el mundo interior que se esconde tras ella. 

Con BELLA DE DÍA, estamos ante una brillante demostración buñueliana de cómo dinamitar una novela no muy distin­guida y de sus fragmentos crear una obra maestra cinematográfica que en este caso gira en torno a los morbosos ensueños de una exquisita mujer de la burguesía cuyo mundo interior, en conflictiva convivencia con el plano de la realidad, es una excusa perfecta para que el realizador nos convenza de la inutilidad de los artificios expresivos que ofrece la fotografía y el cine (a los que sin duda se hubiera aferrado cualquier otro director) a la hora de intentar expresar ambos mundos, lo que él consigue con desarmante facilidad y genial sencillez por lo que su trabajo deviene en un claro toque de atención contra la autocomplacencia. En cualquier caso, esta película resultó el mayor éxito comercial de toda la carrera del aragonés y la flagrante confirmación de que Catherine Deneuve, de Polanski a Truffaut pasando por Buñuel, ha sido, es, una criatura cinematográfica fascinante con una insondable trastienda. Una diosa gélida, una turbadora esfinge. 

WONDER WHEEL –La noria de Coney Island– (USA) Amazon Studios / Gravier / Perdido, 2017. 101 min. Color. Pr: Letty & Erika Aronson y Edw...

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