ANATOMÍA DE UN ASESINATO (Anatomy of a Murder)
(USA) Columbia / Carlyle (Otto Preminger), 1959. 160 min. BN.
G: Wendell Mayes y Otto Preminger (sin acreditar), basado en la novela de Robert Traver (seudónimo de John D. Voelker). Ft: Sam Leavitt. Mt: Louis Loeffler. DP: Boris Leven. Ms: Duke Ellington. Títulos: Saul Bass. Pr y Dr: Otto Preminger.
Int: James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, Arthur O'Connell, Eve Arden, Kathryn Grant, George C. Scott, Joseph N. Welch, Brooks West, Murray Hamilton, Orson Bean, Russ Brown, John Qualen, Ken Lynch, Howard McNear.
SINOPSIS: Un abogado con poco trabajo que lleva una vida sencilla y plácida en una pequeña ciudad del norte de Michigan, decide aceptar la propuesta de hacerse cargo de la defensa de un teniente que ha matado ante varios testigos al propietario de un bar por la presunta violación de su incitadora esposa, no muy aficionada al uso de ropa interior.
COMENTARIO: El cine de Otto Preminger, dependiendo de a qué etapa nos refiramos, tiene unas características diferenciadas. Abunda, eso sí, en algunas de sus películas un cierto barroquismo formal con amplios movimientos de cámara y el uso de grandes grúas (por ejemplo, EL HOMBRE DEL BRAZO DE ORO, ÉXODO, EL CARDENAL) o bien la opción de una puesta en escena más plana y sin aparente sabor (THE MOON IS BLUE). En ANATOMÍA DE UN ASESINATO nos encontramos ante un pormenorizado drama judicial, entre los tres o cuatro mejores de la Historia del cine, que en su día levantó grandes controversias por lo escabroso del tema y el explícito lenguaje verbal utilizado, que se sustenta sobre un prodigioso guión cuya base argumental se la proporcionó un coyuntural bestseller (escrito por un antiguo fiscal bajo seudónimo) en el que merced a un anguloso dibujo de personajes y situaciones se nos suministran las suficientes zonas de sombra y luz (la inestable y turbia relación de ese matrimonio) para contrastar actitudes equívocas, posturas morales, dudas razonables, verdades y mentiras que terminan desembocando en una cínica y desarmante sorpresa final que nos hace reflexionar sobre el grado de desconfianza al que puede llevarnos el comportamiento humano frente al que solo caben dos posturas en el caso que nos ocupa: una, digamos, de naturaleza intelectual (y jurídica) como es el escepticismo ante la imposibilidad de despejar la duda por la ambivalencia o ambigüedad de las “evidencias”, y la otra sería la decepción como respuesta emocional dolorosa ante unas expectativas que no han podido cumplirse.
Entrando en la controlada parcela de la dirección de actores (Preminger solía tratarlos con dureza hasta conseguir lo que deseaba), destacar a un James Stewart en el mejor momento de su carrera (acababa de rodar VERTIGO y ME ENAMORÉ DE UNA BRUJA) que aquí conseguía una matizada composición salpicada de pequeños detalles descriptivos de ese humilde y solterón abogado Biegler que ve sacudida su apacible existencia cuando se sumerge con evidente fervor en ese oscuro caso de asesinato para el que ha sido elegido. Por otro lado, tenemos a la maravillosa Lee Remick asumiendo el papel de Marion, la sensual esposa del teniente acusado, escindida entre un preventivo miedo a la naturaleza violenta de su marido y esa necesidad orgánica de seducir, de sentirse deseada por los hombres (tiene algunos momentos en que se comporta como una gata en celo) quizás como un elemento de reafirmación que disipe una oculta inseguridad. No me olvido de un personaje clave, el borrachín Parnell, fiel amigo y colaborador en las pesquisas de Biegler, interpretado por el siempre formidable Arthur O’Connell.
Probablemente, en su estricto tratamiento, esta sea la película más objetiva de Preminger, la más realista y rigurosa, y tal parece que con ella culminaba un tramo de su trayectoria para dar paso a otro, mayormente jalonado por superproducciones, en el que fue perdiendo virulencia y riqueza, si exceptuamos las espléndidas TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON y EL CARDENAL. Finalmente, alcanzó la redención in extremis con su último trabajo (tuvo que financiarlo con su propio dinero por lo que se vio obligado a vender todo su patrimonio), la demoledora EL FACTOR HUMANO.




















































