ORDET (La palabra)
(Dinamarca) Palladium, 1954. 126 min. BN.
Pr: Carl Theodor Dreyer y Erik & Tage Nielsen. G: Carl Theodor Dreyer, basado en la obra de Kaj Munk. Ft: Henning Bendtsen. Mt: Edith Schlüssel. DA: Erik Aaes. Vest: N. Sandt Jensen. Son: Knud Kristensen. Ms: Poul Schierbeck. Dr: Carl Theodor Dreyer.
Int: Henrik Malberg, Emil Hass Christensen, Birgitte Federspiel, Preben Lerdoff Rye, Caj Kristensen, Gerda Nielsen, Ann Elizabeth Rud, Susanne Rud.
SINOPSIS: Situada la historia en una tranquila granja de una pequeña villa danesa, una familia compuesta por el anciano padre, sus tres hijos y la esposa del mayor de ellos, pasarán por una extraordinaria experiencia que pondrá a prueba su fe y las convicciones de todos ellos.
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| Aquí podemos ver a Dreyer durante el rodaje de la película dando las instrucciones pertinentes a la actriz Birgitte Federspiel en el papel de Inger Borgen. |
NOTA: En esta ocasión, por la trascendental importancia de la película que se comenta, he considerado interesante y enriquecedor reproducir el lúcido y magistral texto que en su día escribió Miguel Marías para el libro “Movie Movie-Guía de películas”, colaboración, entre otras, que siempre agradeceré.
COMENTARIO: Desde el alba deslumbrante de su arranque hasta su indiscutible conclusión, todo en ORDET es, en casa o al aire libre, un tranquilo y nada aplastante ejercicio de evidencia y misterio, de observación y perspicacia, de intuición y sabiduría. Ni el más modesto de sus planos escapa a la perfección sin fisuras de una mirada amplia, abarcadora, sosegadamente vigilante, a la que nada de lo que ocurre es indiferente. Cómo se puede llegar a tal grado de concentración –que va más allá de lo visible para adentrarse en el interior más inasible de todos los personajes– es para el espectador un enigma, que sólo por aproximación cabe deducir de la trayectoria anterior del cineasta, una de las más rigurosas y ejemplares de la historia del cine, pero también, dada la escasez y distancia temporal de las muestras, una de las más bruscas y, por ello, difíciles de explicar. Cada vez que Dreyer volvía a rodar, era imprevisible por dónde iba a salir a nuestro encuentro, porque entre tanto –durante los largos periodos de forzosa inactividad– no había dejado de evolucionar; a falta de hacer cine, reflexionaba sobre él, e incorporaba a las películas que finalmente conseguía hacer lo que había preparado o pensado sin llegar a realizarlo.
Porque hay en ella una resurrección, un milagro –en la pantalla, perfectamente creíble–, y asistimos al enfrentamiento de dos concepciones de la fe, una oscura e intransigente, otra más abierta –que tampoco excesivamente luminosa y alegre–, suele encasillarse ORDET como en el temible apartado de las películas “religiosas”; pero es mucho más que eso y, en cualquier caso, no es una pieza de cine confesional ni, menos todavía, parroquial o propagandístico, pues no trata de convencer a nadie, limitándose a exponer unos hechos que, racionalmente, pueden parecernos increíbles pero que, cinematográficamente, son del todo convincentes. Se comprenderá que no es fácil abordar cuestiones de este tipo sin provocar reacciones encontradas, tanto entre los agnósticos como entre los mismos creyentes, tan a menudo dogmáticos como ignorantes, y se medirá, en consecuencia, el meritorio equilibrio logrado por Dreyer para no despertar rechazo alguno, ya que no es el resultado de una ambigüedad calculada ni de una diplomática dosificación de argumentos, sino que procede de la naturalidad y del tono con que se muestra lo que tanto costaría aceptar en otras condiciones, con otro estilo.
El extremado formalismo del cineasta se convierte así en el mejor aliado de la espontaneidad obtenida de los intérpretes, heterogéneos en sus estilos pero perfectamente ensamblados y contenidos incluso en la desmesura que corresponde a su función o a las características de los personajes que encarnan. La comparación con la versión cinematográfica precedente del drama de Kaj Munk, la excelente pero convencional que realizara Gustav Molander diez años antes, resulta al respecto sumamente reveladora: aparentemente más “espontánea” y “natural”, pero mucho más enfática, incurre en varias exageraciones que Dreyer elude cuidadosamente, con tal precisión que puede pensarse que tiene que agradecer a Molander haberle señalado lo que tenía que evitar. La Inger de Dreyer es más admirable porque es más humana y más carnal, menos perfecta y angelical; su Johannes está más perturbado que enloquecido; el contraste entre las dos familias enfrentadas es menos acentuado y también menos sesgado. Complementariamente, su forma de abarcar tiempo y espacio y de no forzar el pulso narrativo nos dejan mayor libertad y ocasión para pensar, y es precisamente ese margen de autonomía el que nos permite aceptar de buen grado, sin resistencia, voluntariamente y sin reservas –o deponiéndolas de buen grado– lo que de otro modo, con otra forma, no creeríamos o rechazaríamos. Dreyer consigue de todos lo que Coleridge pedía, una “suspensión temporal de la incredulidad”. —Miguel Marías.
















Vaya por delante, Teo, mi reconocimiento ante el admirable texto de Miguel Marías, que por cierto ya conocía pues tengo tu libro. Y ahora, considerando esta una buena ocasión, paso a una pregunta que me hago de vez en cuando: ¿desde qué parámetros debemos juzgar con cierta objetividad que una determinada película pueda ser considerada como “obra maestra”?
ResponderEliminarSaludos.
Objetivo y exacto puede y debe ser un arquitecto ante los planos de un edificio para que este se sostenga. Lo demás es percepción y creatividad. Pero vamos a lo que vamos: pienso que utilizamos con demasiada asiduidad y ligereza los adjetivos calificativos y acabamos devaluándolos. Por ejemplo, el término "obra maestra" pierde peso por el uso y abuso aplicándolo a películas que no lo merecen con claridad. Por eso, si decimos que ORDET es una obra maestra estamos verbalizando una obviedad para cualquiera que le apasione el cine y no logramos añadir nada. Efectivamente, la película de Dreyer lo es pero en tal grado que la hace única (bueno, acabo de cometer el mismo error que pretendo criticar porque el término “única” resulta inexacto: a su mismo nivel podríamos colocar VERTIGO de Hitchcock). El lenguaje de ORDET, su estética, el tratamiento de los personajes, la cadencia narrativa, la atmósfera creada, son elementos que convierten este film en una obra milagrosa (nunca mejor empleada esta expresión) porque durante el tiempo de su proyección nos deja suspendidos en un trance mental y emocional durante el que somos despojados de nuestro (lógico) escepticismo y "vivimos" esa resurrección y creemos en ella como colofón a la historia que nos han contado. El cine elevado a una excelsa concepción. Pero eso y más lo explica mejor Miguel Marías.
EliminarUn saludo.
La película es perfecta desde su inicio, pero la escena final es milagrosa, valga la redundancia.
ResponderEliminarSaludos.
Sí, es ese raro "milagro" laico del cine -valga el contrasentido- cuando la perfección a la que aludes logra elevar al espectador a un nirvana de percepción y dejarle suspendido hasta mucho, mucho después de terminar la película.
EliminarUn saludo.
Poco que añadir, no podría estar más de acuerdo. Cine de otro planeta.
ResponderEliminarUn abrazo, Teo.
Pues si en ese planeta se hacen películas como esta, visitarlo me cambiaría la vida. Bromas aparte, es cierto que en el escenario que hemos ido construyendo hasta llegar a este estado de cosas donde el respeto, la moral, el rigor y profundidad de pensamiento, el sentido de la belleza y la espiritualidad se han sido diluyendo por un progresivo embrutecimiento a todos los niveles, autores como Dreyer ahora pueden sonar a extraterrestres.
EliminarUn abrazo.
Una obra maestra, de las que lo son de verdad por encima de entusiasmos coyunturales. Contiene muchos elementos que van más allá de la cadencia narrativa, la estética y la atmósfera..., por lo que hay que concluir que la interpretación del espectador abre caminos subjetivos que la hacen catalogarla como sumamente bien pensada y trabajada, definible como una “magnum opus”.
ResponderEliminarSaludos.
Muy al hilo de lo que comentamos, Eduardo, es exactamente eso, o así lo entiendo. Se agradece tu intervención.
EliminarUn saludo.
Para mí es de las más grandes de la historia del cine. No necesita calificativos porque creo que ya se le han adjudicado todos, aunque ahora le pueda poner los de "enorme" o "grandiosa". La vi dos veces y, cuando pueda volver a verla en pantalla grande, lo haré. Aún pervive en mí el impacto de esta maravilla.
ResponderEliminarAlgunas películas, muy pocas, como ORDET, consiguen vampirizarnos por la misteriosa precisión de sus imágenes que se suceden en un pulso narrativo perfecto, un depurado formalismo de mágicos resultados pues consigue adentrarse en nuestro interior y secuestrar nuestra incredulidad para que aceptemos sin resistencia una resurrección.
EliminarCon Vampyr, La pasión de Juana de Arco y Ordet, aunque no hubiera rodado más, sería suficiente para considerarle un genio sin parangón. Por fortuna no fue así y el danés tuvo una carrera pródiga.
ResponderEliminarSaludos.
Bueno, deberías añadir a esos tres títulos que mencionas el de GERTRUD, su última película (reseñada en este blog) que ahonda en el dibujo de esa mujer, Gertrud, tan exigente consigo misma como lo es con los hombres que la han amado o pretenden seguir amándola.
EliminarRespecto a su filmografía, si no contamos algunos cortos documentales, apenas rodó quince largos (de los que solo conozco siete) a lo largo de más de un cuarto de siglo, lo que convierte su trayectoria en obras muy espaciadas.
Un saludo.
Mira que he intentado visitarla en varias ocasiones y solo una llegué a verla completa. Buscaba descubrir todo lo que de ella se ha escrito, pero no he conseguido conectar con esa narrativa que yo llamaría estática y ceremonial ni con sus personajes ni con su extraño argumento.
ResponderEliminarSaludos.
En otro momento tal vez te hubiera aconsejado que volvieras a ella cambiando el chip, con otra predisposición, pero las percepciones han de fluir de manera natural e incontenible. No se pueden "imponer".
EliminarEs posible que a estas alturas el espectador, amén de otros factores que poco tengan que ver con el cine, esté demasiado viciado por narrativas convencionales y masticables que no van más allá de lo meramente funcional (por ejemplo, el actual cine comercial americano, o no americano, las series, el lenguaje televisivo...).
Un saludo.
Una de mis películas preferidas de todos los tiempos: obra maestra, se mire por donde se mire. Infinitamente superior, por cierto, a la versión anterior de Molander, que mencionas, y que terminaba con toda la familia de rodillas rezando un padrenuestro.
ResponderEliminarSaludos.
Como apunta Marías en su comentario, la película de Gustaf Molander sirvió a Dreyer solo para optar por una visión muy diferente de la historia, eludiendo así el enfoque del sueco-finlandés, modificándolo sustancialmente.
EliminarConfieso que de Molander únicamente conozco dos películas (UN ROSTRO DE MUJER (1938) y EL LARGO VIAJE (1956) vistas, eso sí, hace muchos años cuando yo, inmaduro jovenzuelo, aún estaba por moldear mis criterios. La primera la vi en un cine-club y la segunda (estrenada aquí con casi una década de retraso aprovechando el boom de los films que nos llegaban de Bergman) en un cine de barrio, circa 1969. En mi prehistoria, vamos.
Un saludo.
Ordet (La palabra) es una película austera y profundamente espiritual que reflexiona sobre la fe, la razón y el milagro. Dreyer crea un relato de ritmo pausado y gran intensidad emocional, donde lo cotidiano se impregna de trascendencia. Su puesta en escena minimalista y los silencios cargados de significado convierten el desenlace en uno de los momentos más conmovedores y debatidos de la historia del cine.
ResponderEliminarUn saludo.
En realidad la austeridad de los escenarios en los que se mueven los personajes puede llevarnos a interpretar esa esencialidad como minimalismo, pero la sosegada cámara de Dreyer (movimientos frontales, a veces circulares), la estudiada iluminación, los reconcentrados movimientos de los actores dentro del plano, desmienten tal aserto. En cualquier caso, ORDET representa una hipnótica experiencia cinematográfica fuera de toda convención calificativa, salvo que quien intente acercarse a ella, dándonos algunas claves, se llame Miguel Marías.
EliminarUn saludo.