MI TÍO JACINTO
(Esp-It) Chamartin / Falco Film / ENIC, 1956. 97 min. BN.
Pr Ej: Vicente Sempere. G: Andrés Laszlo, José Santugini, Max Korner, Gian Luigi Rondi y Ladislao Vajda. Ft: Enrique Guerner (Heinrich Gärtner). Mt: Julio Peña. DA: Antonio Simont. Ms: Roman Vlad. Dr: Ladislao Vajda.
Int: Pablito Calvo, Antonio Vico, Paolo Stoppa, Walter Chiari, José Marco Davó, José Isbert, Miguel Gila, Juan Calvo, Carlo Campanini, Julio Sanjuán, Mariano Azaña, Pastora Peña, Adriano Domínguez, Rafael Bardem, Luis Sánchez Polack, Joaquín Portillo, Pedro Porcel, José María Lado, José Calvo, Jesús Colomer.
SINOPSIS: En el Madrid de los años cincuenta, un ex-torero fracasado y amargado, a cargo de un sobrino de siete años, tiene la oportunidad de torear en la parte "seria" de una charlotada, pero ha de buscar desesperadamente el dinero necesario para alquilar el traje de luces. Por este motivo el niño y él se verán en situaciones angustiosas.
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| Tras la última "estocada" de Jacinto (su paraguas clavado en el tronco de un árbol), ambos, tío y sobrino, se alejan perdiéndose en la oscuridad de una ciudad para ellos inclemente. |
COMENTARIO: Ladislao Vajda, realizador de origen húngaro afincado en España tras haber recalado previamente en la cinematografía inglesa donde dirigió tres películas (una de ellas, LA MUJER SIN NOMBRE, con un jovencito Richard Burton), fue un excelente profesional con gran capacidad técnica y una intuitiva sabiduría para colocar y mover la cámara y crear atmósferas. En el desanimante panorama español de los años cincuenta, el amoldable Vajda hizo de todo, pero siempre con dignidad y, en ocasiones, grandes dosis de talento, figurando en su filmografía piezas tan interesantes como CARNE DE HORCA, TARDE DE TOROS y la que sin duda es su obra maestra, EL CEBO (preferiblemente en su versión internacional). En cualquier caso, su película más famosa fue MARCELINO PAN Y VINO, uno de los hitos comerciales de la época (y de muchas épocas). Por ello, tratando de rentabilizar aquel éxito volvieron a reunir a Vajda con el pequeño Pablito Calvo en dos títulos más, MI TÍO JACINTO y al año siguiente, UN ÁNGEL PASÓ POR BROOKLYN.
Un ejemplo hasta cierto punto insólito por lo poco frecuente en el cine español de aquellos años es la que ahora nos ocupa, una cinta que pretendía, en un registro narrativo cercano al neorrealismo italiano, una aproximación a las cotidianas miserias de estratos sociales normalmente obviados o tintados de ternurismo falsificante en su presentación. Aquí a nadie se le aparece la Virgen ni confía la solución de sus penurias al Cristo de Medinaceli, o corriendo bajo la lluvia hasta la basílica de San Francisco el Grande; aquí los personajes se limitan a sobrevivir entre la basura formando ellos parte de esa basura de la que, no obstante, quieren salir sin conseguirlo.
Por lo tanto, esas obligadas premisas, ese barniz barato de costumbrismo zarzuelero paternalista y retrógado que neutralizaba el discurso (cuando lo había) de la mayor parte de las películas “sociales” de entonces, Vajda consigue decaparlo en buena medida mediante la contracorriente que establece su "sequedad" expositiva (debemos incluir también en este apartado tanto el enjuto físico como la aspereza interpretativa del gran Antonio Vico) en una puesta en escena de ejemplar solidez. Y si a pesar de los ocasionales ramalazos de inmisericorde crudeza expositiva que salpican la película ésta no llega a alcanzar las cotas de sordidez que encerraba la historia, no debemos perder de vista que estamos hablando de un producto que se acogía a ese subgénero llamado “película con niño”. No obstante, entre los aledaños del Rastro madrileño y la Plaza de toros, la película nos muestra un Madrid miserabilizado como marco representativo que viene a describir un país degradado y ensombrecido, un país de timadores, de hambrientos, de desesperada picaresca, de explotadores... las inevitables excrecencias de una larga y restrictiva posguerra. Ese es el paisaje urbano que Pepote (un angélico Pablito Calvo) recorre como observador inocente pues -digamos- aún no ha alcanzado la edad y desesperanza de aquel otro niño, el Edmund de ALEMANIA, AÑO CERO. Y en esa noción todavía sin mácula de nuestro crío lógicamente no cabía un desenlace similar a la terrible crónica de Rossellini (ni entonces se lo habrían permitido).
La película se cierra con el pequeño Pepote y su malhadado tío Jacinto alejándose de la cámara para fundirse con la oscuridad de la noche, aunque con un atisbo de esperanza flotando porque en su conclusión se defiende algo por encima de situaciones económicas o sociales: la búsqueda de la dignidad perdida.


















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